miércoles, 22 de agosto de 2012

LA JOVEN IGLESIA DE MONGOLIA HA CUMPLIDO VEINTE AÑOS

El pasado 10 de julio, la Iglesia católica en Mongolia festejó oficialmente sus veinte años de existencia. Con este motivo, el prefecto apostólico, monseñor Wenceslao Padilla, dirigió a su fieles una carta pastoral titulada “Celebrar los veinte años de la presencia católica en Mongolia”. Hace un balance contrastado donde se mezclan la alegría del crecimiento de la comunidad católica y la inquietud por el futuro, nublado por la muy rápida evolución de la sociedad mongola.

La Iglesia de Mongolia –informa la agencia Eglises d'Asie- ha dedicado todo el año a la preparación de este aniversario, que ha dado paso a varias celebraciones (como la fiesta de la Juventud mongola el pasado sábado) y cuyas festividades culminaron los días 10 y 11 de julio, fecha de la llegada en 1992 de los primeros misioneros filipinos de la Congregación del Corazón Inmaculado de María (CICM), y el futuro prefecto apostólico monseñor Padilla. En la época, la joven nación mongola, liberada del yugo comunista, acababa de restablecer relaciones diplomáticas con la Santa Sede.

En su carta pastoral, monseñor Padilla recuerda el difícil nacimiento de la pequeña comunidad católica creada ex nihilo por su congregación. “El 10 de julio de 1992, una Iglesia nació en las estepas de Asia central, en el mismo momento en que tres misioneros CICM pusieron el pie en suelo mongol”, escribe a sus fieles, alegrándose hoy del crecimiento excepcional de una comunidad “constituida en el origen por cero católicos, para contar ahora con más de 835 hermanos y hermanas en la fe mongoles, sin contar a todos aquellos que se preparan al bautismo”.

Con la llegada de los misioneros se instituyó una primera misión sui iuris, la cual fue elevada el 8 de julio de 2002 al rango de prefectura apostólica, siendo monseñor Padilla nombrado al frente. Es pues un doble aniversario el que se celebra en julio de 2012; los diez años de la prefectura apostólica de Ulan-Bator fueron conmemorados con una misa solemne el domingo 8 de julio último en la catedral de San Pedro y San Pablo, en presencia de diferentes autoridades civiles y religiosas. Entre estos últimos, se encontraba monseñor Savio Hon Tai-fai, secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, y monseñor Lazare You Heung-sik, obispo de Daejeon, en Corea del Sur, una diócesis muy implicada en la evangelización de Mongolia.

Hoy, informa monseñor Padilla, 81 misioneros de 22 nacionalidades trabajan en el país; los dos primeros seminaristas autóctonos están formándose en el seminario de Daejeon, mientras que jóvenes católicos siguen los cursos de la universidad de San Luis de Baguio City, en Filipinas, dirigido por los CICM.

La prefectura apostólica de Mongolia cuenta con cuatro parroquias: tres en la capital Ulan-Bator (Santa María, San Pedro y Pablo y Buen Pastor) y la cuarta en Darhan, segunda ciudad más importante del país (María Auxilio de los Cristianos, creada en 2007). A estas comunidades, hay que añadir un número creciente de capillas y misiones de las que una será el próximo octubre la quinta parroquia de Mongolia, bajo el nombre de María Madre de la Misericordia.

En su mensaje a los fieles, el prefecto apostólico prosigue el balance de estos veinte años de misión: la Iglesia gestiona ahora varios centros de acogida para niños de la calle, jóvenes, personas ancianas, minusválidos, pero ha abierto también numerosas clínicas y centros médicos (un nuevo centro para los más pobres se abrirá este año en los suburbios de Ulan-Bator). La inversión de los misioneros ha sido también importante en el campo educativo, no teniendo Mongolia prácticamente ninguna estructura de este tipo tras la caída del régimen soviético. Los misioneros dirigen hoy un buen número de guarderías, escuelas primarias (de las que varias son para niños desheredados), bibliotecas, centros sociales e incluso algunas granjas comunitarias.

“Por invitación del gobierno la Iglesia ha venido a Mongolia, y esto por los servicios en el campo social y educativo que podía rendir”, recuerda el padre Kuafa Hervé, CICM, sacerdote en la catedral de San Pedro y San Pablo. De 34 años, el misionero informa que desde hace algún tiempo “el tono no es ya tan amistoso” entre la Iglesia y el Estado, explicando que el resurgir del chamanismo y una cierta desconfianza hacia Occidente, al que siempre se asocia el cristianismo, ha cambiado la actitud del gobierno y de una gran parte de la población mongola.

“Ya no se permite evangelizar fuera de los establecimientos de la Iglesia, los jóvenes de menos de 16 años deben tener autorización escrita de sus padres para el catecismo y los sacerdotes no pueden ya llevar signos distintivos en público”, informa el joven vicario que describe una “Iglesia bajo vigilancia”. Estos últimos años, algunos incidentes como la prohibición por las autoridades de celebrar el culto católico en ciertas religiones, han venido a confirmar la introducción de una cierta forma de censura, contrastando con la euforia de los inicios de la Iglesia en Mongolia.

Pero para monseñor Padilla, son sobre todo los cambios económicos la causa de la reciente transformación de la sociedad mongola: con el descubrimiento del potencial minero del país, la vida de la población se ha modificado profundamente. En su carta apostólica, el prelado dedica un amplio espacio a estas cuestiones que, en su opinión, “tendrán graves consecuencias para la Iglesia”.

Inquietándose por la inflación galopante camuflada por una aparente prosperidad, monseñor Padilla denuncia la inconsecuencia del gobierno que “distribuye” a cada habitante del país sumas de dinero y acciones de las sociedades mineras chinas. El Estado, dice, lejos de estimular la economía, permite así a las empresas menos cuidadosas sobre cuestiones de medio ambiente apoderarse de las riquezas naturales de Mongolia.

Además, prosigue, “todo esto se hace en detrimento de la Iglesia católica que, en tanto que organización sin fin de lucro, no se puede beneficiar de ningún beneficio local, ni de las eventuales repercusiones económicas prometidas a los habitantes. No depende sino de los fondos extranjeros para sobrevivir y continuar sus actividades al servicio de la población mongola. En estos últimos tiempos, la recesión económica y también la propaganda gubernamental sobre la nueva prosperidad de Mongolia han disuadido a nuestros donantes de versar tanto como los años precedentes. Con el aumento de los salarios, que ha llegado al 53% este año, es más que probable que los misioneros deban estrecharse el cinturón, licenciar a una gran parte de sus empleados y renunciar a algunos proyectos”.

Pero sea como sea, prosigue el prefecto apostólico, la Iglesia debe adaptarse a los cambios de una sociedad que se ha hecho más materialista y acompañar a la población que debe “pasar de la ruralidad y del nomadismo a la urbanización y la sedentariedad”. Nuestro papel sigue siendo el mismo, afirma a sus fieles: “Enseñar a acoger y a sostener a los más pobres” y “testimoniar el Evangelio y sus valores”.

Según las últimas estimaciones, los cristianos, de todas las confesiones, representan hoy en día un poco más del 2% de la población mongola, la cual sigue mayoritariamente las prácticas del budismo tibetano mezclado con creencias chamánicas, hoy en plena recuperación.

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