jueves, 16 de agosto de 2012

HONRAR A NUESTROS MUERTOS SIN RENCOR. ALGO QUE APRENDÍ DE MI MADRE

Me ha gustado esta artículo de un sacerdote que habla de perdón y de vivir sin rencor. Espero que os haga bien como me lo ha hecho a mí.

Análisis Digital. /Carlos Soler. Profesor de relaciones Iglesia-Estado en la Universidad de Navarra.


Hace una semana vi la película Conspiración. La historia es sencilla: USA, mediados del XIX. Los estados del sur acaban de perder la guerra. Un puñado de sureños despechados traman un complot y asesinan al presidente Lincoln. Para honrar al presidente y dar una lección, las más altas autoridades federales amañan un juicio en el que se condena a la horca, sin defensa real, a cuatro personas; entre ellas, una mujer inocente. Esta mujer es el personaje principal de la trama, junto con el abogado que intenta defenderla.

Desconozco el fundamento histórico: en lo que sigue, me atengo al relato con independencia de esa cuestión. Pues bien, pensé que si los huesos de Lincoln se levantaran de la tumba habrían deplorado semejante “homenaje”. Quienes así “honraron” la memoria de Lincoln parecían hacerlo movidos por una mezcla de sentimientos comprensibles pero no justificables: venganza, miedo, necesidad de demostrar autoridad y mantener el orden. En este episodio de la historia de América me pareció ver una constante de la humanidad que, por desgracia, ha estado muy presente en España durante el último siglo, y que, entre todos, deberíamos intentar superar.

Mi abuela la superó. Mi madre la superó. Y creo que su ejemplo es una pequeña y preciosa contribución para esa tarea. Voy a contar mi pequeña historia.

Antonio Ferrán, mi abuelo, murió durante la guerra civil. Como tantos españoles de uno y otro lado. Su caso fue especial… pero en realidad todos los casos fueron especiales: todos tenían nombre, tenían mujer, o marido, o hijos, o padres: eran únicos. Todos dieron su vida y todos tienen quienes les lloran. Y quienes, llorándoles, honran su memoria.

¿Qué fue lo especial de mi abuelo? Murió en retaguardia. Alcañiz, 26 de julio de 1936. Acababan de entrar los de la “otra” zona. Tal vez habría salvado la vida renunciando a su fe, como le pedían, pero no quiso hacerlo.

No quiero detenerme en esto ahora, sino en la reacción de mi abuela y, siguiendo sus pasos, de mi madre y de mi tía. Pero voy a contarla tal como yo la viví desde mi infancia. Se resume así: nunca supe nada. Evidentemente, porque mi madre no lo contó.

“Nunca supe nada”. ¡Cuánto silencio hay detrás de estas palabras! ¡Cuánto se empeñó en no sembrar el odio en el corazón de sus nueve hijos! Y efectivamente, lo consiguió: cada hermano tiene sus ideas, muy divergentes, en todos los terrenos: en lo religioso, en lo filosófico, en lo cultural, en lo político; cada cual ha seguido su evolución. Pues bien, una de las pocas cosas en la que todos coincidimos es ésta: ni un segundo de odio, ni un pensamiento de rencor hacia “los que mataron al abuelo”.

“Nunca supe nada”. En honor a la verdad estas palabras requieren dos precisiones casi nunca y casi nada. Alguna vez mi madre lo dejaba caer: nos decía, como de pasada, “a mi padre lo mataron los rojos”, y la conversación seguía. No daba, nunca, más detalles, ninguno.

Pasados muchos años, supe bastante más, porque mi madre se vio en la necesidad de decirlo. Acercándome a los 50, tuve que ayudar a mi madre a redactar su declaración (jurada ante notario) para un proceso eclesiástico sobre su padre. Tan discreta había sido que yo ni siquiera sospechaba que mi abuelo había entregado la vida por Cristo y que, por tanto, podría algún día entrar en un proceso de canonización por martirio. Con mi pequeña intervención en este proceso me enteré de algunos detalles desagradables, que omito aquí. Pero no puedo omitir que mi abuela y mi madre encerraron esos detalles en su corazón durante muchos decenios, para protegernos a nosotros del odio. Pensé: ¡Dios mío, cuántas cosas ha sobrellevado en silencio! ¡Y durante cuánto tiempo!

Con ocasión del proceso, nos explicó un poco más. Mi abuela estaba fuera de Alcañiz, con sus dos hijas, cuando ocurrió todo, y no volvió hasta casi el final de la guerra. Con toda seguridad, sólo entonces tuvo conocimiento de la muerte de su esposo. Identificó el cadáver y le dio sepultura. Al poco de terminar la guerra, identificaron a los supuestos autores y le ofrecieron, a mi abuela, la oportunidad de personarse en el juicio por la muerte de su esposo. Ella no quiso. Mi madre me transmitió la razón, una razón que ella le vio poner en práctica después, permanentemente. La abuela no había sido testigo de la muerte de su marido, pues estaba ausente del pueblo esas fechas; pero la razón principal era que no quería entrar, ni hacer entrar a sus hijas, en una espiral de odio, rencor y venganza. Quizás rechazar esa invitación a personarse en el juicio fue la primera ocasión relevante en que puso en práctica esa actitud. Pero, por lo que me cuenta mi madre, mucho más importante, aunque menos visible, es que la puso en práctica después, todos los días, en las cosas pequeñas de la convivencia.

Y desde luego, puedo asegurar que mi madre aprendió bien la lección: mis hermanos y yo hemos crecido ajenos a lo ocurrido con el abuelo, bien protegidos de cualquier semilla de rencor que pudiera haber brotado en nuestros corazones infantiles, adolescentes, juveniles.

No puedo decir lo mismo respecto del ambiente general: desgraciadamente, como todos los españoles de nuestra generación, hemos crecido en un país excesivamente maniqueo, un país (simplificando mucho) de “buenos y malos”, en el que los buenos son los míos y los malos son los “otros”, “ellos”. No obstante, en este país maniqueo hay muchos signos de reconciliación, de acercamiento. Lo que hizo mi madre (y mi tía) es un grano entre mil. Debemos apoyarnos en estos signos para fomentar la reconciliación, lo que une.

Es posible que Antonio Ferrán, mi abuelo, sea beatificado algún día junto con el resto de compañeros (para quien desee información, la causa se conoce como “Luis Turón Aínsa y compañeros” o “los 112 mártires de Zaragoza”). Así lo deseo y así lo pido a Dios. Mis intenciones más profundas las tengo encomendadas a su intercesión.

De hecho, se está hablando de beatificaciones y canonizaciones de mártires en la guerra civil. Tanto si entre ellas están los 112 mártires de Zaragoza como si no, pido a Dios que no sólo sirvan a la reconciliación, sino que así sean entendidas por todos los sectores de la sociedad española. La Iglesia española tendrá que hacer un esfuerzo en este sentido.

La noticia de las beatificaciones, quizá entre ellas la del abuelo, me ha traído a la memoria unas palabras de san Josemaría Escrivá: “No levantes jamás una cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del diablo” (Via Crucis, 8ª estación, nº 3). ¡Es muy fuerte!: ¡que la Cruz pueda llegar a convertirse en el estandarte del diablo! Que la cruz pueda ser precisamente aquello con lo que el diablo arenga, enardece y dirige a sus tropas, que la cruz luche contra Dios. Quizás no sea el estilo habitual de san Josemaría, pero refleja muy bien la orientación fundamental de su existencia: su amor apasionado a Cristo y a su Iglesia. Desde ese amor escribía siempre, y desde ahí la cruz sólo puede ser señal de perdón y reconciliación.

Hay demasiada cultura de la acusación: demasiado recordar lo malos que han sido los otros. Tenemos que acabar con esa cultura, o al menos reducirla. No será posible acabar de golpe ni del todo. Pero debemos dirigirnos todos firmemente en esa dirección.

Ante las beatificaciones y canonizaciones de mártires tengamos esto muy presente, y hagámoslo comprender a todos. La Iglesia no canoniza para recordar que unos han matado a otros, sino para recordar que unos hombres han entregado su vida por Cristo, y lo han hecho perdonando. De este modo nos enseñan el camino de la fe: camino de entrega y reconciliación.

miércoles, 15 de agosto de 2012

GRANDEZA Y MISERIA DE LA CIUDADANÍA

Como creo que la gente a veces habla de oídas, prefiero colocar aquí  mi artículo que hoy ha sido publicado en la prensa. En lo negativo no cito nombre de personas porque sólo me interesa resaltar el hecho colectivo, y después que cada uno esté en paz con su conciencia. Lo que pediría a los que comenten la noticia es que digan quíenes son. Cuando hablo de "miseria", hablo de "miseria de la ciudadanía". No hablo de nadie en concreto. Pero si a alguien le sienta mal esa generalidad es porque se siente incluido en ella; cosa que yo no hago sino que es la misma persona quien se lo hace.


La noche del 13 de agosto en Elche la oscuridad no se convirtió en alba, porque un accidente adelantó el evento y lo hizo incompleto, imperfecto, y nos llenó a todos los que contemplábamos el cielo ilicitano de confusión y perplejidad. “¿Pero esa era ya la Palmera de la Virgen?” fue la pregunta que estaba en labios de muchos. No podía ser, pero… E inmediatamente encontramos la respuesta al contemplar la silueta iluminada de la Virgen en la torre de la Basílica.

Después del desconcierto muchos sentimos preocupación. La defectuosa Palmera denotaba que algo grave había ocurrido. ¿Habría algún herido?. De repente ya no nos importaba tanto la Palmera de la Virgen, y sólo pensábamos en las personas que trabajaban esa noche para que pudiéramos disfrutar de la ofrenda pirotécnica a Nuestra Patrona. Muchos pensábamos que ese era el sentimiento común de la ciudadanía ilicitana, pero nos equivocamos. Hemos podido comprobar, una vez más, la grandeza y la miseria de nuestra ciudadanía.

La grandeza de la ciudadanía ilicitana se vio en la pronta intervención de los servicios sanitarios. La grandeza se vio en la comparecencia inmediata de la Sra. Alcaldesa ante los medios de comunicación informando, doliéndose y asumiendo responsabilidades. La grandeza se vio en los dirigentes del PSOE y Partido de Elche poniéndose con prontitud a disposición del equipo de gobierno. La grandeza se vio en aquellas personas que, desde los lugares donde se encontraban, se unían al sufrimiento de los heridos y de sus familiares.

Pero también esa noche pudimos ver la miseria de nuestra ciudadanía. La miseria se contempló en ese grupo de personas que insultaban violentamente a la alcaldesa transformándose de ciudadanía en jauría. Gente revestida de rencor, de frustraciones personales, incapaz de serenidad y análisis. Gente que estaba perdiendo su personalidad propia para convertirse en masa irracional fácilmente dirigida para odiar a alguien de un modo violento. Seguramente esas personas estarán ahora en sus casas con sus familias y amigos. Tal vez ahora, con el alma serena, se hayan dado cuenta de que esa noche fueron víctimas de un sentimiento irracional que dominó todo su ser. Espero que ahora, al darse cuenta de todo, sean capaces de aprender una lección de ciudadanía.

La noche del 13 de agosto los ilicitanos pudimos comprobar una vez más que la ciudadanía es capaz de grandezas y de miserias. Esperemos que la grandeza sea siempre la vencedora de este continuo y triste combate.

martes, 14 de agosto de 2012

SAN MAXIMILIANO KOLBE, MARTIR DE LA CARIDAD

Hoy la Iglesia celebra la memoria de San Maximiliano Kolbe, presbítero y mártir polaco. Podéis leer cómo fue su martirio en la siguiente dirección www.vmm-enpositivo.blogspot.com

lunes, 13 de agosto de 2012

LA GLORIA DE LA CARNE

Ante la proximidad de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María he querido colocar un hermoso artículo que resalta el destino glorioso de nuestro cuerpo.

Juan Manuel de Prada. ABC 12.07.12

Hace diez o doce años publicaba Félix de Azúa un artículo que me impresionó muy vivamente. El autor había asistido al funeral de un amigo y glosaba el sermón del cura, en el que se vino a decir que tras la muerte «nos disolvemos en la luz divina como chispas devoradas por un alegre y vertiginoso incendio». Escuchando este sermón, Azúa se sorprendió de que los católicos nos conformáramos con esta versión amputada de la Gloria eterna; e incluía en su artículo este vigoroso apóstrofe: «Católicos, no os dejéis arrebatar la Gloria de la carne. No os hagáis hegelianos. Que, sobre todo, el cuerpo sea eterno es la mayor esperanza que se pueda concebir y sólo cabe en una religión cuyo Dios se dejó matar para que también la muerte se salvara. Quienes no tenemos la fortuna de creer, os envidiamos ese milagro, a saber, que para Dios (ya que no para los hombres) nuestra carne tenga la misma digni dad que nuestro espíritu, s i no más, porque también sufre más el dolor. Rezamos para que estéis en la verdad y nosotros en la más negra de las ignorancias».

Recorté entonces aquel artículo, pues me pareció una soberbia denuncia —tanto más valiosa por proceder de un incrédulo— de ese aguachirle espiritualizante que ha ido adulterando los paisajes de la vida futura. Con razón ha dicho Benedicto XVI que el mayor daño a la fe no lo provocan sus adversarios, sino los cristianos mediocres. También nosotros, como Azúa, hemos escuchado muchos sermones en los que la gloria de la carne es eludida o escamoteada (como, en general, lo son otras muchas realidades escatológicas); y cuando, en alguna ocasión, hemos reprochado al cura esta elusión o escamoteo, hemos recibido la misma explicación —o excusa— barullera, que viene a resumirse así: «Puesto que no sabemos cómo ocurrirán tales cosas, mejor no hablar demasiado de ellas, para que la imaginación de los fieles no se extravíe». Pero toda esperanza eficaz se apoya en el pedestal que la imaginación le presta; cuando no podemos hacernos una idea concreta de lo que esperamos, tendemos a expulsarlo de nuestra mente.

Si persistimos en cerrar una tras otra todas las salidas por donde el creyente busca concebir su destino último, al fin abandonará su empresa. Si los hombres mantienen una esperanza, aunque sea encarnada en formas toscas, y nosotros persistimos en decirles que su realización no puede tomar ninguna de las formas que ellos pensaban, acabarán por decir que la esperanza misma es una filfa ilusoria. Pues para el mero viaje de nuestras almas hacia la «luz divina» no hacían falta las alforjas de un Dios que se hace carne y sufre tormentos en su carne, antes de morir y resucitar al tercer día. Esta resurrección de la carne es la que nos ha sido prometida; y esta resurrección de la carne es el deseo que Dios infunde en todo el ser del hombre a través de la Eucaristía. Deseo que, inevitablemente, se amustia a medida que el misterio eucarístico de la transubstanciación se rutiniza o desacraliza. ¡Dígale usted a un tío que comulga como quien hace cola en el rancho (con la manita a guisa de cuenco) que ese pedacito de pan ácimo —ante el que ni siquiera le dejan arrodillarse— prefigura la resurrección gloriosa de su carne!

La fe cristiana en la resurrección de la carne se topó desde el principio con las incomprensiones y resistencias propias de una filosofía espiritualista que consideraba el cuerpo una suerte de cárcel de la que el alma quedaba liberada con la muerte. Con signos de esta incomprensión ya se topa San Pablo en el Areópago de Atenas; y tales resistencias las sigue mostrando nuestra época, dispuesta a admitir condescendientemente alguna forma de supervivencia espiritual más allá de la muerte, pero intelectual y afectivamente cerrada a la resurrección de la carne. Actitud congruente con su rechazo de la fe, que no es —como pretenden ciertas versiones sucedáneas— una relación intelectual con la divinidad, ni un impulso afectivo hacia ella, sino un abrazo conyugal que transforma la massaperditionis que formamos en Adán en el Cuerpo místico de Cristo, a través del cual circula la sangre de su vida divina. De ahí que ese abrazo conyugal, que abarca nuestra naturaleza entera, se manifieste en los sacramentos a través de gestos y vínculos corporales: Dios no llega a nosotros en primer lugar por una predicación de sabiduría o por un ejemplo de virtud, sino por la carne (en esto consiste la Encarnación); y al abajarse y aceptar nuestra naturaleza, se hace una sola carne con nosotros, en una suerte de desposorio eterno.

La consecuencia natural de ese desposorio —su plenitud final —es, como es cribe el siempre finísimo y penetrante Fabrice Hadjadj en La profundidad-de los sexos, el abrazo del Eterno hasta la raíz de nuestro cuerpo, la posesión divina de cada una de nuestras fibras a través de la resurrección de la carne. A esa nueva forma de existencia la llama San Pablo cuerpo glorioso o espiritual, renacido de la semilla corruptible de nuestro cuerpo mortal y sin las limitaciones propias de la materia: porque la resurrección no es la recuperación del cuerpo abandonado por el alma, ni tampoco la continuación de una vida corporal interrumpida por la muerte —como pensaban los saduceos—, sino el principio de una vida nueva. Como explica San Agustín en La ciudad de dios, «todos los miembros, todas las vísceras del cuerpo incorruptible, sujetas hoy a las diversas funciones que la necesidad impone, en esa hora en que la necesidad cederá ante la felicidad, concurrirán todos en la alabanza a Dios».

Y en ese estado de felicidad perpetua en el que «todo defecto será corregido, todo lo que falta respecto a la medida adecuada será completado y será suprimido todo lo que esté en demasía», podremos ser uno con las personas a las que amamos en la tierra de una manera mucho más profunda y perfecta, porque esa unión será, antes que cualquier otra cosa, unión con la fuente: nuestra amada será esposa de Dios más que nuestra. Algo de esto intuyó Agustín de Foxá en un poema hermosísimo titulado «Juicio Final», en el que, al figurarse a su amada tras la resurrección de la carne, hablaba de «formas recobradas», «venas vibradoras» y «corazones palpitando otra vez». ¡Católicos, no os dejéis arrebatar la Gloria de la carne!

SEIS DE CADA DIEZ PERSONAS SE CONSIERAN CREYENTES

Europa Press

Un 57 % de la población mundial se considera creyente de alguna religión. Esto representa que casi seis de cada diez personas en el mundo se consideran religiosa frente a un 23% que se definen como no religiosas y un 13 % que aseguran ser ateas, según el informe Gallup 2011-2012 Religion and Atheism Index.

La encuesta re realizó a 51.927 mujeres y hombres provenientes de 57 naciones entre noviembre de 2011 y enero de 2012. En España un 52% de las personas consultadas se declaró que tenía algún tipo de creencia frente a un 9% que señaló ser ateo.

Concretamente, los países más religiosos del planeta son Ghana, con un 96 % de habitantes que se definen como religiosos, Nigeria (93 %), Armenia y Fiji (92%) y Macedonia (90%).

Mientras, aquellos países en los que menor porcentaje de población se considera religiosa, son República Checa, Japón y China, con los porcentajes más bajos (20, 16 y 14 por ciento respectivamente).

La encuesta señala que los países con menos ingresos y mayor población pobre suele tener un 17% más de interés por la religión que en los grupos de mayor renta. “Es interesante que disminuya la religiosidad cuando la prosperidad material de los individuos se eleva”, dice el informe. Y apunta que aunque los resultados son mixtos, si de divide a los encuestados de un mismo país por cinco grupos, desde el más pobre al más rico, se obtiene también este índice. Los ricos de definen a sí mismos como menos religiosos.

Con respecto a los datos del informe de 2005, el estudio actual revela que el número de personas que aseguran ser creyentes ha disminuido un 9% frente al 3% que ha crecido la cifra de aquellos que se definen como ateos.

Este descenso en el número de religiosos en el mundo se acentúa en Vietnam, con un 23 por ciento menos; Irlanda, donde el porcentaje ha caído un 22 por ciento; y Suiza y Francia, con un 21 por ciento menos, según el informe.

domingo, 12 de agosto de 2012

GRACIAS DON RAFAEL


Por cuestiones personales, he dejado inactivo este blog durante un tiempo. Ahora lo vuelvo a tomar deseando que siga siendo un altavoz de buenas noticias que despierten esperanza y deseos de una mayor fidelidad a Jesucristo y su Iglesia.

Durante este tiempo un gran acontecimiento ha tenido lugar en nuestra diócesis: el pasado 27 de julio, la Santa Sede hizo público que el Papa Benedicto XV aceptó la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Orihuela-Alicante presentada por Mons. D. Rafael Palmero Ramos, en conformidad con el canon 401, párrafo 1, del Código de Derecho Canónico. El Santo Padre nombró a Mons. D. Jesús Murgui Soriano, hasta ese momento Obispo de Mallorca, Obispo de nuestra diócesis.

Con estas breves palabras quiero sólo agradecer a D. Rafael toda su entrega a Cristo realizada a través de su dedicación a esta diócesis como pastor bueno. Hay muchas realidades de su entrega pastoral que son bien visibles; hay otras que sólo el Señor conoce. Por todo ello, como sacerdote, quiero darle las gracias. Hay proyectos que tenía en el corazón cuando llegó a nuestra diócesis y tal vez no han podido cumplirse, por motivos que la Providencia ha querido o permitido, pero hay otros que ya están dando mucha gloria a Dios. Al final, la evaluación de toda nuestra existencia sólo la hace Dios, porque los seres humanos sólo tenemos datos pobres e insuficientes. Lo que sí he constatado siempre ha sido su amor a Jesucristo presente en la eucaristía y su fidelidad a la Iglesia. Que el Señor le premie todo lo que ha trabajado en su viña de Orihuela-Alicante durante estos años de Pastor.

EL OLÍMPICO QUE QUIERE SER CURA


08 agosto 2012. AlertaDigital.com
España es reconocible por Pol Amat, Edi Tubau, Santi Freixa, Álex Fábregas… Nombres que suenan cada cuatro años. Pero Ballbé no, de hecho se estrena en unos Juegos y disfruta como un niño en la villa olímpica. ¿Qué tiene Ballbé, entonces, para ganarse una historia? Es seminarista y tiene claro que su camino en la vida está orientado al sacerdocio, sintió esa llamada y después de los Juegos dejará el hockey para continuar con su formación.

Es un joven de 27 años que es parte activa de los chistes y los chascarrillos de la concentración. Pero hay algo especial en él desde aquel verano de 2005 en Medjugorje, un pueblo entre Bosnia y Croacia al que acudió como peregrino y que le marcó para siempre. Dos años después, tomó una decisión sustentada por su fe, inquebrantable desde que inició sus estudios en los colegios religiosos de La Farga y el Viaró. «Vi que mi camino iba por el sacerdocio. Ahí, en el curso 2007-08, estaba entrenando con la selección, que se preparaba para Pekín. Y fue tirarme al vacío», explica.

Tirarse al vacío significa irse a estudiar Teología a Pamplona en vez de continuar con el deporte, un caramelo para cualquier joven que sueña con ser una estrella y ganarlo todo. Pero esa no era la obsesión de Ballbé, él quería atender a la llamada de Dios. «Dejé todo. Y me buscó un equipo de San Sebastián a última hora y un sacerdote me dijo que podía compaginarlo. Cada año decía que era el último de hockey, pero siempre había alguna motivación para seguir».

La de ahora es evidente. A Litus, divertido y risueño, le hacía ilusión la experiencia olímpica y la llama le incentivó para aguantar un poco más antes de dedicarse al sacerdocio: «Este último año tenía seguro que no iba a jugar, pero tenía la opción de los Juegos. Compaginé el tema de parroquia y de selección y ha salido muy bien».

Habla con la serenidad del que está convencido de algo, enterrada su época adolescente. Salía de fiesta, conocía chicas e invertía su tiempo en los amigos, gente común. Hasta ese verano de Medjugorje, hasta esa señal divina: «Cada vez tengo más claro que el sacerdocio es mi camino, pero esto es como tener una novia. La idea es estar bien con ella, pero quizá no tienes seguro el que te vayas a casar», define. Su fe, hasta ahora, es innegociable. Seguirá el trayecto en Bélgica una vez termine el verano, nueva vida con el mismo fin.

En la zona común del equipo español, adornada con fotos y frases, Ballbé escribió una sentencia que aplica en todo: «Cada momento es una oportunidad única». Él la tiene en Londres, iluminado en el desfile de la ceremonia inaugural mientras se abrazaba al resto de la delegación española. Ahora toca una medalla y luego ya meditará: «Lo que no tengo claro es si me dedicaré a misiones, a ayudar a gente o a estar en una parroquia». Dios dirá.

Es espontáneo y convive con jóvenes que exprimen el manual de bromas: «No se cortan. Al principio alguno se frena y me dice que le avise si se pasan. Pero yo no soy un santo, para nada». Es Litus Ballbé.

martes, 5 de junio de 2012

ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS EN MILÁN. EL MENSAJE DE BENEDICTO XVI EN 7 PUNTOS

1.- La familia, principal patrimonio de la humanidad
“La familia ha de ser redescubierta como patrimonio principal de la humanidad, coeficiente y signo de una verdadera y estable cultura a favor del hombre”.

2.- En la familia se experimenta por primera vez que la persona ha sido creada para vivir en relación con los demás
“Es en la familia donde se experimenta por primera vez que la persona humana no ha sido creada para vivir encerrada en sí misma, sino en relación con los demás; es en la familia donde se comprende que uno no se realiza a sí mismo colocándose en el centro, guiado por el egoísmo, sino dándose. Es en la familia donde comienza a encenderse en el corazón la luz de la paz, para que ilumine nuestro mundo”.

3.- A los esposos: el amor es la única fuerza que puede transformar el mundo
“Vuestra vocación no es fácil de vivir, especialmente hoy, pero el amor es una realidad maravillosa, es la única fuerza que puede verdaderamente transformar el mundo. Ante vosotros está el testimonio de tantas familias que señalan los caminos para crecer en el amor: mantener una relación constante con Dios y participar en la vida eclesial, cultivar el diálogo, respetar el punto de vista del otro, estar dispuestos a servir, tener paciencia con los defectos de los demás, saber perdonar y pedir perdón, superar con inteligencia y humildad los posibles conflictos, acordar las orientaciones educativas, estar abiertos a las demás familias, atentos con los pobres, responsables en la sociedad civil. Todos estos elementos construyen la familia. Vividlos con valentía, con la seguridad de que en la medida en que viváis el amor recíproco y hacia todos, con la ayuda de la gracia divina, os convertiréis en Evangelio vivo, una verdadera Iglesia doméstica”.

4.- A los jóvenes: tended a ideales altos, sed santos
“Os digo con fuerza: ¡Tended a ideales altos, (...) sed santos! ¿Es posible ser santos a vuestra edad? Ciertamente. (…) Lo demuestra el testimonio de tantos santos coetáneos vuestros, como Domenico Savio o María Goretti. La santidad es la vía normal del cristiano: no está reservada a pocos elegidos, sino abierta a todos. Naturalmente, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo.(...) Y con la guía de nuestra Madre, (…) la Madre de Jesús, María. (…) Que la Virgen María custodie siempre la belleza de vuestro 'sí' a Jesús, su Hijo, el grande y fiel amigo de nuestra vida”.

5.- A los divorciados casados de nuevo: no están fuera de la Iglesia
Las parroquias y otras comunidades católicas “deben hacer realmente lo posible para que (estas personas) se sientan amadas, aceptadas, que no están 'fuera' a pesar de que no pueden recibir la absolución ni la Eucaristía. Deben ver que incluso así viven plenamente en la Iglesia. (…) Se participa en la Eucaristía si realmente se entra en comunión con el Cuerpo de Cristo. También sin la recepción del sacramento podemos estar espiritualmente unidos a Cristo. (…) Es importante que encuentren la posibilidad de vivir una vida de fe (…) y puedan ver que su sufrimiento es un don para la Iglesia porque sirven así a todos para defender la estabilidad del amor y del matrimonio; (…) es un sufrir en la comunidad de la Iglesia por los grandes valores de nuestra fe”.

6.- A las personas consagradas: “Mirad al futuro con confianza, contando con la fidelidad de Dios”
“Mirad al futuro con confianza, contando con la fidelidad de Dios y la potencia de su gracia, capaz de operar siempre nuevas maravillas”

7.- El Estado ha de reconocer la identidad propia de la familia fundada sobre el matrimonio
El Estado está llamado a “reconocer la identidad propia de la familia, fundada sobre el matrimonio y abierta a la vida, así como el derecho primario de los padres a la libre educación y formación de los hijos. (…) No se hace justicia a la familia si el Estado no sostiene la libertad de educación por el bien común de toda la sociedad”.

LA IGLESIA Y EL IBI

El lunes, 28 de mayo, se debatió en el Ayuntamiento de nuestra ciudad el tema del IBI y la Iglesia. Sin intención de entrar en polémicas políticas, para eso ya están los representantes de la ciudadanía, como párroco de una de las parroquias de nuestra ciudad, quiero recordar, a los que quieran leer este artículo, algunas cosas sobre el IBI y la Iglesia que no se suelen decir. Quiero juzgar este silencio como desconocimientoÉ y nada más.


1.- En algunos casos la Iglesia no paga el IBI. Tampoco lo hacen algunas instituciones como los consulados, las embajadas, los partidos políticos, los sindicatos, los locales de la Cruz Roja, las federaciones deportivas, los terrenos de Renfe, los edificios considerados Bienes de Interés Cultural (BIC), los ministerios, cuarteles, comisarías, colegios o guarderías, los inmuebles destinados a usos religiosos de las comunidades hebreas, musulmanas, evangélicas, e instituciones sin fines lucrativos amparadas por la Ley de Mecenazgo. Por ley, no por privilegio, no se paga el IBI por una catedral o por una mezquita, como no se paga tampoco por el Museo del Prado. La Iglesia no quiere privilegios pero tampoco discriminaciones.

2.- ¿De qué bienes la Iglesia no paga el IBI? De las iglesias parroquiales, sus locales y la curia diocesana, seminarios y universidades de disciplinas eclesiásticas, las casas parroquiales, y los edificios destinados a residencia de órdenes y congregaciones religiosas. Por supuesto, estas exenciones cerradas están vinculadas a que los bienes sean propiedad de estas instituciones, es decir, por ejemplo, las viviendas particulares de los sacerdotes no están exentas del IBI.

3.- Pero la Iglesia sí paga el IBI de aquellos bienes de los que se realiza una explotación económica que no figuran en la anterior lista de exenciones, como pueden ser repostería, restauración, parkings, explotaciones agrarias, etc. La Iglesia también paga las tasas municipales sobre las que no existe ningún tipo de exención fiscal.

4.- A pesar de esta polémica, la Iglesia siempre responderá con más generosidad y entrega a la hora de atender a todos aquellos que se acercan a ella, buscando remedio ante esta crisis tan cruel originada por la pobreza ética de muchos comportamientos. La Iglesia, en sus miembros, siempre estará junto a los más necesitados, ayudando, sin pedir filiación política ni religiosa, y sin buscar agradecimiento ni reconocimiento público, como me dijo, hace muchos años, un sacerdote, refiriéndose a las actitudes de servicio y gratuidad que debíamos tener los cristianos: "No trabajamos para triunfar. Nuestro triunfo es trabajar".





jueves, 10 de mayo de 2012

SAN JUAN DE ÁVILA . PATRONO DEL CLERO ESPAÑOL

 San Juan de Ávila tuvo el privilegio de ser amigo y consejero de seis santos: San Ignacio de Loyola, Santa Teresa, San Juan de Dios, San Francisco de Borja, San Pedro de Alcántara y Fray Luis de Granada. Dicen que él es la figura más importante del clero secular español del siglo XVI.
            Nació en el año 1500. De una familia muy rica, al morir sus padres repartió todos sus bienes entre los pobres y después de tres años de oración y meditación se decidió por el sacerdocio. Estudió filosofía y teología en la Universidad de Alcalá y allá hizo amistad con el Padre Guerrero que fue después arzobispo de Granada y su amigo de toda la vida.
            Desde el principio de su sacerdocio demostró una elocuencia extraordinaria. El pueblo acudía en gran número a escuchar sus sermones donde quiera que él fuera a predicar. Cada predicación la preparaba con cuatro o más horas de oración de rodillas. A veces pasaba la noche entera ante un crucifijo o ante el Santísimo Sacramento encomendando la predicación que iba a hacer después a la gente. Y los resultados eran formidables. Los pecadores se convertían a montones. A sus discípulos les decía: "Las almas se ganan con las rodillas". A uno que le preguntaba cómo hacer para lograr convertir a alguna persona en cada sermón, le dijo: "¿Y es que Ud. espera convertir en cada sermón a alguna persona?". "No, ¡eso no!", respondió el otro. "Pues por eso es que no los convierte", le dijo el santo, "porque para poder obtener conversiones hay que tener fe en que sí se conseguirán conversiones. ¡La fe mueve montañas!."
            A otro que le preguntaba cuál era la principal cualidad para poder llegar a ser un buen predicador, le respondió: "La principal cualidad es: ¡amar mucho a Dios!".
            Pidió viajar de misionero a América del Sur, pero su amigo el Arzobispo de Granada le dijo: "Aquí en España también hay muchos a quienes misionar y evangelizar. ¡Quédese predicando entre nosotros!". Le obedeció y se dedicó a predicar por Andalucía, por todo el sur de España. Y las conversiones que conseguía eran asombrosas. Su predicación era fuerte. No prometía vida en paz a quienes querían vivir en paz con sus pecados, pero animaba enormemente a todos los que deseaban salir de su anterior vida de pecado. Un gran número de sacerdotes le seguía para ayudarle a confesar y colaborar en la catequesis de los niños y en la administración de los sacramentos. Ricos y pobres, jóvenes y viejos, todos acudían con gusto a escucharle.
            Dios le concedió a San Juan de Ávila la cualidad espacialísima de ejercer un gran ascendiente sobre los sacerdotes. Bastaba con que lo vieran celebrar misa o le oyeran un sermón para que los sacerdotes quedaran muy agradablemente impresionados de su modo de obrar y predicar. El sabio escritor Fray Luis de Granada se colocaba cerca de él, lápiz en mano, e iba escribiendo sus sermones. De cada sermón del santo, sacaba el material para predicar luego diez sermones. Los sacerdotes decían que el Padre Juan de Ávila predicaba como si estuviera oyendo al mismo Dios.
            Fue reuniendo grupos de sacerdotes y, por medio de hacerles meditar en la Pasión de Jesucristo y en la Eucaristía, y de rezar y recibir los sacramentos, los iba enfervorizando y después los enviaba a predicar. Y los frutos que conseguía eran inmensos. Unos 30 de esos sacerdotes se hicieron después Jesuitas. Otros colaboraron con la reforma que San Juan de la Cruz y Santa Teresa hicieron de los padres Carmelitas, y muchos más llenaron de buenas obras las parroquias con su gran fervor.
            Un día en Granada, mientras San Juan de Ávila pronunciaba un gran sermón, de pronto se oyó en el templo un grito fortísimo. Era San Juan de Dios que había sido antes militar y comerciante y que ahora se convertía y empezaba una vida de santidad admirable. En adelante San Juan de Dios tendrá siempre como consejero al Padre Juan de Ávila, a quien atribuirá su conversión.
            Los enemigos y envidiosos lo acusaron de que su predicación era demasiado miedosa y de que se proponía hacer que las gentes fueran demasiado espirituales. Y el santo fue llevado a la cárcel y allí estuvo de 1532 a 1533. Aprovechó su prisión para meditar más y crecer en santidad. Cuando se le reconoció su inocencia y fue sacado de la prisión el pueblo lo ovacionó como a un héroe.
            A muchas personas les dio dirección espiritual por medio de cartas. Después reunió una colección de esas cartas y las publicó con el título de "Audi filia" y fue un libro muy afamado e hizo gran bien a los lectores.
            Su devoción a la Virgen era tan grande que lo hacía exclamar: "Más preferiría vivir sin piel, que vivir sin devoción a la Virgen María".
            Fundó más de diez colegios y ayudaba mucho a las universidades católicas. Su autoridad y su ascendiente eran muy grandes en todas partes.
            Sus últimos 17 años fueron de enormes sufrimientos por su salud que era muy deficiente. En él se cumplía aquello que dijo Jesús: "Mi Padre, al árbol que más quiere, más lo poda, para que produzca mayor fruto". Pero aunque sus padecimientos eran muy intensos, no por eso dejaba de recorrer ciudades y pueblos predicando, confesando, dando dirección espiritual y edificando a todos con su vida de gran santidad. Tres temas le llamaban mucho la atención para predicar: la Eucaristía, el Espíritu Santo y la Virgen María.
            Una de sus cualidades más admirables era su gran humildad. A pesar de sus brillantes éxitos apostólicos, siempre se creía un pobre y miserable pecador. Cuando estaba agonizante vio que un sacerdote lo trataba con muy grande veneración y le dijo: "Padre, tráteme como a un miserable pecador, porque eso es lo que he sido y nada más".
            Cuando en su última enfermedad los dolores arreciaban, apretaba el crucifijo entre sus manos y exclamaba: "Dios mío, si te parece bien que suceda, está bien, ¡está muy bien!".
            El 10 de mayo del año 1569, diciendo "Jesús y María" murió santamente. Fue beatificado en 1894 y el Papa Pablo VI lo declaró santo en 1970.