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sábado, 7 de enero de 2012

UN NUEVO MODO DE SER CRISTIANO. CINCO AUTOPISTAS PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

En su discurso a la Curia Romana con motivo de la Navidad (22-XII-2011), Benedicto XVI ha trazado los perfiles de un modo nuevo, “rejuvenecido”, de ser cristianos.

El Papa parte la situación de la Iglesia: «No sólo los fieles creyentes, sino también otros ajenos, observan con preocupación cómo los que van regularmente a la iglesia son cada vez más ancianos y su número disminuye continuamente; cómo hay un estancamiento de las vocaciones al sacerdocio; cómo crecen el escepticismo y la incredulidad». Y se pregunta qué debe hacerse. Muchos dicen que hay que hacer muchas cosas, pero eso no resuelve el problema. «El núcleo de la crisis de la Iglesia en Europa es la crisis de fe. Si no encontramos una respuesta para ella, si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces». ¿Cómo encontrar la luz y la fuerza para la nueva evangelización?

Benedicto XVI se fija especialmente en su viaje a África y en la JMJ de Madrid. En África afirma haber encontrado una fe sostenida por la alegría que lleva a servir a Cristo sin replegarse en el propio bienestar: «Encontrar esta fe dispuesta al sacrificio, y precisamente alegre en ello, es una gran medicina contra el cansancio de ser cristianos que experimentamos en Europa».

En la misma línea, la experiencia de la JMJ de Madrid, «ha sido también una medicina contra el cansancio de creer. Ha sido una nueva evangelización vivida». Y afirma: «Cada vez con más claridad se perfila en las Jornadas Mundiales de la Juventud un modo nuevo, rejuvenecido, de ser cristiano». Y es este modo renovado y rejuvenecido de ser cristiano el que caracteriza Benedicto XVI con cinco rasgos:

1. El redescubrimiento de la Iglesia como familia de Dios.
El punto de partida, y es bueno notarlo, es «una nueva experiencia de la catolicidad, la universalidad de la Iglesia». A pesar de provenir de todos los continentes, de diversas lenguas y culturas, los jóvenes han quedado impresionados al encontrarse de inmediato unidos, «juntos como una gran familia». Una familia unida en torno a Jesucristo, en torno a la oración y a la liturgia. Y han recibido un mismo impulso en la razón, la voluntad y el corazón. Han comprobado que «el hecho de que todos los seres humanos sean hermanos y hermanas no es sólo una idea, sino que aquí se convierte en una experiencia real y común que produce alegría». Y, así, dice el Papa, «hemos comprendido también de manera muy concreta que, no obstante todas las fatigas y la oscuridad, es hermoso pertenecer a la Iglesia universal, a la Iglesia católica, que el Señor nos ha dado».


2. La belleza de la generosidad: ser para los demás.
De ahí arranca, en segundo lugar, ese «modo nuevo de vivir el ser hombres, el ser cristianos». Evocando a los voluntarios de la JMJ, dice: «Algo fundamental se me ha hecho evidente: estos jóvenes habían ofrecido en la fe un trozo de vida, no porque había sido mandado o porque con ello se ganaba el cielo; ni siquiera porque así se evita el peligro del infierno. No lo habían hecho porque querían ser perfectos. No miraban atrás, a sí mismos».
Esos jóvenes, añade, hicieron lo contrario que la mujer de Lot, que, por mirar atrás, se convirtió en una estatua de sal. Y observa: «Cuántas veces la vida de los cristianos se caracteriza por mirar sobre todo a sí mismos; hacen el bien, por decirlo así, para sí mismos. Y qué grande es la tentación de todos los hombres de preocuparse sobre todo de sí mismos, de mirar hacia atrás a sí mismos, convirtiéndose así interiormente en algo vacío, ‘estatuas de sal’». En cambio, «aquí no se trataba de perfeccionarse a sí mismos o de querer tener la propia vida para sí mismos».
Concluyendo: «Estos jóvenes han hecho el bien —aun cuando ese hacer haya sido costoso, aunque haya supuesto sacrificios— simplemente porque hacer el bien es algo hermoso, es hermoso ser para los demás. Sólo se necesita atreverse a dar el salto». Todo eso, agrega el Papa, «ha estado precedido por el encuentro con Jesucristo, un encuentro que enciende en nosotros el amor por Dios y por los demás, y nos libera de la búsqueda de nuestro propio ‘yo’». Tanto en África —especialmente en las religiosas de Madre Teresa— como en Madrid, encontró el Papa «la misma generosidad de ponerse a disposición de los demás; una generosidad en el darse que, en definitiva, nace del encuentro con Cristo que se ha entregado a sí mismo por nosotros».

3. El centro de la Adoración
Tercer punto: la adoración, como acto de fe, se manifestó tanto en el Reino Unido (Hyde Park), como en Zagreb y en Madrid (Cuatro Vientos). Allí quedó claro, según Benedicto XVI: «Dios no es una hipótesis cualquiera, posible o imposible, sobre el origen del universo. Él está allí. Y si él está presente, yo me inclino ante él. Entonces, razón, voluntad y corazón se abren hacia él, a partir de él. En Cristo resucitado está presente el Dios que se ha hecho hombre, que sufrió por nosotros porque nos ama. Entramos en esta certeza del amor corpóreo de Dios por nosotros, y lo hacemos amando con él. Esto es adoración, y esto marcará después mi vida».

4. El sacramento de la Penitencia
Cuarto, el Sacramento de la Penitencia, gracias al cual «reconocemos que tenemos continuamente necesidad de perdón y que perdón significa responsabilidad». Ciertamente, explica el Papa, «existe en el hombre, proveniente del Creador, la disponibilidad a amar y la capacidad de responder a Dios en la fe». Pero, a la vez, «proveniente de la historia pecaminosa del hombre (la doctrina de la Iglesia habla del pecado original), existe también la tendencia contraria al amor: la tendencia al egoísmo, al encerrarse en sí mismo, más aún, al mal. Mi alma se mancha una y otra vez por esta fuerza de gravedad que hay en mí, que me atrae hacia abajo». En consecuencia: «Por eso necesitamos la humildad que siempre pide de nuevo perdón a Dios; que se deja purificar y que despierta en nosotros la fuerza contraria, la fuerza positiva del Creador, que nos atrae hacia lo alto».

5. La alegría y la certeza de la fe
Quinto y último (fruto y consecuencia), la alegría de la fe. Según Josef Pieper, sólo el que es amado puede amarse a sí mismo. Todos necesitamos ser acogidos por otros. Y a fin de cuentas, necesitamos una acogida incondicionada, que es la propia de Dios, pues sólo Él nos garantiza que “es bueno que yo exista”. Si falta nuestra percepción de ser amados por Él, no sabemos si vale la pena nuestra vida, y nos invade la tristeza. La certeza de que somos amados por Dios sólo viene por la fe.

En definitiva, los perfiles de este nuevo modo de ser cristiano, que es un modo rejuvenecido de ser persona, según el Papa, son: el descubrimiento de la Iglesia como familia de Dios, la belleza de la generosidad, el centro de la adoración, el sacramento de la Penitencia y la alegría de la fe. Cinco autopistas para la Nueva evangelización.

Ramiro Pellitero. Universidad de Navarra. Almudí

miércoles, 14 de diciembre de 2011

ACOGER A LOS DIVORCIADOS VUELTOS A CASAR

Aceprensa

El cardenal André-Joseph Léonard, arzobispo de Malinas-Bruselas, publica en el boletín diocesano Pastoralia (12-11-2011) un artículo sobre la necesidad de acoger en la Iglesia a los divorciados vueltos a casar, sin ocultar que su situación es incompatible con la comunión.

Si el fracaso conyugal en general da ya lugar a profundos sufrimientos, el problema de los divorciados vueltos a casar es quizá más delicado aún. En efecto, cualesquiera que sean las razones, a veces comprensibles, que les han llevado a contraer civilmente una nueva unión, su situación contradice objetivamente la indisolubilidad de la alianza querida por Cristo. En la estela de la misericordia evangélica, la Iglesia invita, sin embargo a sus miembros a ayudar a los divorciados vueltos a casar, a rodearles de mucha caridad a fin de que no se sientan separados de la Iglesia. En su exhortación apostólica sobre la familia cristiana, Juan Pablo II insistía mucho sobre este punto: “La Iglesia rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza” (Familiaris consortio, n. 84, 3).

Como todos los bautizados, los divorciados vueltos a casar pueden e incluso deben participar en la vida de la Iglesia bajo diversos aspectos. ¡No están de ninguna manera excomulgados! Sin embargo, evitarán solicitar las tareas que les pondrían en una delicada posición equívoca, como, por ejemplo, la enseñanza de la religión o la dirección de una escuela católica.

El problema más delicado que se plantea es el de su participación en la Eucaristía. En efecto, la Iglesia pide a los divorciados vueltos a casar que participen en la misa, pero se abstengan de comulgar el Cuerpo del Señor. La razón de esta actitud es conocida. Los divorciados vueltos a casar se encuentran en situación objetiva de ruptura con la nueva y eterna Alianza proclamada por el sacramento del matrimonio. ¿Cómo podrían, sin contradicción, proclamar al mismo tiempo esta misma Alianza nueva y eterna con la recepción del Cuerpo del Señor?

Esto choca a primera vista. Y es que, para la mentalidad actual, no es fácil adoptar un punto de vista “objetivo”. (...) Pero ¿qué sucedería si, en nombre de disposiciones subjetivas loables, la Iglesia olvidase la contradicción objetiva entre el casamiento después del divorcio y la Eucaristía? Haría incomprensible y vana la enseñanza de Cristo sobre la indisolubilidad del matrimonio y desmovilizaría y desalentaría a los cristianos que se empeñan, al precio de grandes esfuerzos, por permanecer fieles a la alianza conyugal, incluso después de ser víctimas de una dolorosa traición.

Distinguir entre un “comportamiento” y una “situación”
Se objetará que hay otras situaciones en las que los cristianos violan la alianza con el Señor y sería mejor que no comulgaran. Esto es verdad. Muchos se escandalizan –y con razón– de ver comulgar a bautizados conocidos por un comportamiento moral, social, económico o político criticable. Por ejemplo, personas que cohabitan sin estar casados o personas deshonestas en los negocios, etc. (...)

Sin embargo, hay una diferencia entre la situación de los divorciados vueltos a casar y los casos mencionados antes, a saber, la distinción entre una situación objetiva duradera y un comportamiento. (...)

En el caso de los divorciados vueltos a casar, no se trata sólo de un “comportamiento” que podría cambiar de un día a otro; se trata de una “situación de hecho”, habitualmente destinada a durar.

Pidiendo a los divorciados vueltos a casar no comulgar, la Iglesia no se pronuncia sobre sus disposiciones interiores –que pueden ser excelentes–, sino que toma en consideración la contradicción duradera de su situación objetiva de alianza rota con el sacramento eucarístico de la Alianza. En suma, es imposible proclamar públicamente la Alianza por la comunión eucarística mientras se la niega públicamente por la infidelidad a la alianza conyugal tal y como Jesús la quiso.
Es de notar que la abstención de la comunión no se debe entender como una “sanción” por parte de la Iglesia. Son esos cristianos mismos los que se ponen en situación falsa respecto a la comunión con el Cuerpo del Señor al comprometerse en una unión civil (o un concubinato) que contradice la Alianza conyugal indisoluble. (...)

Otras fuentes de misericordia
¿Quiere esto decir que los divorciados vueltos a casar están privados de la gracia del Señor? De ninguna manera. La comunión eucarística es el medio habitual de comulgar con el amor de Jesús a nosotros. Pero Dios no tiene las manos atadas por los sacramentos de su amor. ¿Qué es en efecto comulgar sino reencontrarse con el amor crucificado del Señor y tener parte en sus frutos de vida? Los divorciados vueltos a casar son invitados a este reencuentro y a esta participación a través de su abstención de la comunión.

Lo mismo vale para el sacramento de la reconciliación. Esta puede ser concedida a los divorciados vueltos a casar que se arrepienten de haber violado la alianza y están dispuestos a adoptar una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Como, en numerosos casos, los divorciados vueltos a casar no pueden separarse, habida cuenta de la presencia de hijos, esto implicaría que decidan vivir en adelante como hermano y hermana, absteniéndose de los actos específicos de la unión conyugal.

Es claro que sólo los cristianos muy motivados, que llevan una vida espiritual intensa, pueden comprometerse en esta vía exigente. Los otros –que son la inmensa mayoría– no están privados por eso de la misericordia de Dios. Pues también aquí Dios no es prisionero de sus sacramentos. La confesión es, ciertamente, el camino normal de la reconciliación. Pero a los que no pueden recibir este sacramento en razón de su situación conyugal falsa, el Señor les reserva otras fuentes de perdón siempre que su corazón esté generosamente abierto a su gracia.